Tenía 32 años cuando asumí un cargo directivo en una región que no conocía.
En el fin del mundo… o como dicen los magallánicos, donde este comienza.
Llegué junto a mi familia, con mi José Pedro de dos años, lejos de nuestras redes y de todo lo que nos daba seguridad.
Durante años sostuve un liderazgo institucional exigente, mientras intentaba equilibrar la vida profesional, familiar y emocional. Y aprendí algo importante: cuando una mujer joven ocupa espacios de poder, muchas veces debe demostrar el doble. La juventud incomoda. La maternidad también.
Conocí de cerca los prejuicios que aún existen frente al liderazgo femenino. Pero también descubrí algo más valioso: el cariño, el respeto genuino y los vínculos humanos que construyes cuando lideras desde la convicción y no desde el poder.
Porque el liderazgo real no se sostiene en discursos, sino en trabajo, coherencia y perseverancia.
Con el tiempo apareció una pregunta difícil: ¿estoy realmente en el lugar donde quiero seguir construyendo mi propósito?
Desde afuera todo parecía estable. Había reconocimiento y estabilidad. Pero por dentro algo dejó de resonar.
La maternidad cambió profundamente mi forma de mirar el mundo. Ser madre de un niño neurodivergente me hizo comprender que el impacto que quería generar iba por otro camino.
Entonces tomé una decisión que daba miedo: renunciar. Renunciar a la estabilidad financiera y a aquello que muchas personas consideran “el éxito”.
Volví a Temuco con mi familia, sin certezas, pero con la tranquilidad de haber sido coherente conmigo misma.
De ese proceso nació SINERGIA, un proyecto creado para acompañar de verdad a niños, adolescentes y familias.
Hoy entiendo que uno de los actos más valientes no siempre es resistir o quedarse. A veces, la mayor valentía consiste en soltar aquello que ya no representa la vida que quieres construir.
Y aunque muchos creen que la historia terminó con una renuncia… la verdad es que ahí fue donde realmente comenzó todo