Cuando la “vida saludable” deja de ser saludable

Vivimos en una época en la que nunca había existido tanta información sobre alimentación y bienestar. Sin embargo, también vivimos rodeados de mensajes que nos dicen qué comer,qué evitar, cuánto deberíamos pesar y cómo debería verse un cuerpo “saludable”.

En medio de ese ruido, la cultura de las dietas ha encontrado una nueva forma de presentarse: disfrazada de estilo de vida saludable. Ya no siempre habla de “hacer dieta”. Ahora utiliza palabras como bienestar, alimentación limpia, hábitos saludables, detox o equilibrio. A simple vista, estos conceptos parecen positivos. El problema surge cuando se utilizan para promover reglas rígidas, eliminar grupos completos de alimentos sin una indicación médica o asociar el valor personal con la apariencia física.

Comer saludable no significa vivir con miedo a los alimentos. Tampoco implica sentir culpa después de comer un postre, cancelar reuniones sociales por la comida o pensar constantemente en calorías y “permitidos”. Cuando la alimentación ocupa un espacio excesivo en nuestra mente, deja de ser una herramienta de bienestar y puede convertirse en una fuente de estrés.

La cultura de las dietas también ha cambiado la manera en que hablamos de salud. Con frecuencia asumimos que una persona delgada es automáticamente saludable o que una persona con un cuerpo más grande no lo es. Sin embargo, el peso por sí solo no define el estado de salud.

La salud es mucho más compleja: incluye factores físicos, mentales, sociales, económicos y ambientales que no pueden resumirse en un número de la balanza.

Como nutricionista, veo con frecuencia personas que llegan a consulta convencidas de que han “fallado” porque no pudieron seguir una dieta restrictiva. En realidad, muchas veces el problema no es la persona, sino un sistema que promueve expectativas poco realistas y soluciones rápidas para problemas complejos.

Promover hábitos saludables significa algo muy distinto. Significa aprender a escuchar las señales de hambre y saciedad, disfrutar la comida sin culpa, incorporar movimiento de una forma que resulte agradable, descansar lo suficiente y comprender que ningún alimento, por sí solo, tiene el poder de definir nuestra salud. La evidencia científica muestra que los cambios sostenibles son aquellos que pueden mantenerse en el tiempo, no los que prometen resultados inmediatos. Construir una relación saludable con la alimentación requiere flexibilidad, educación y autocompasión, no perfección.

Quizás ha llegado el momento de preguntarnos si aquello que seguimos en nombre de la salud realmente nos hace sentir mejor. Porque una vida saludable no debería medirse por la cantidad de restricciones que somos capaces de cumplir, sino por el bienestar que somos capaces de construir.

La salud no se ve. Se vive. Y una alimentación verdaderamente saludable también incluye el placer de comer, la libertad de elegir y el respeto por nuestro propio cuerpo.

Nutricionista Fernanda Pacheco
@nutriferpacheco

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Brilla Por Dentro | Edición #04

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