Cuando pensamos en una emprendedora, imaginamos a una mujer fuerte, organizada y capaz de sostenerlo todo. Admiramos sus logros, su capacidad de crear, liderar e innovar. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar a la persona que está detrás de ese emprendimiento.
En Chile, esta realidad crece cada año. Las mujeres representan el 40,7 % del universo de personas microemprendedoras, según la VIII Encuesta de Microemprendimiento (INE, 2025).
Soy Carmen Gloria Melimán, psicóloga integral, además de acompañar a mujeres en sus procesos terapéuticos, también vivo el desafío de emprender. Esa experiencia me ha permitido comprender que emprender no solo implica desarrollar un negocio; también significa encontrarse constantemente con quienes somos.
Durante este tiempo he descubierto algo que se repite con mucha frecuencia: aprendemos a ser fuertes antes de aprender a ser compasivas con quienes somos. Nos enseñaron a responder, a resolver, a cuidar y a seguir adelante. Pero pocas veces nos enseñaron que también podemos detenernos sin sentir culpa.
A lo largo de mi experiencia he aprendido que detrás de cada emprendimiento existe una historia personal. Hay sueños, esfuerzo y perseverancia, pero también cansancio, dudas e inseguridades. Muchas emprendedoras sostienen una imagen de fortaleza permanente, creyendo que ser capaces de hacerlo todo significa sentirse bien consigo mismas. Lo cierto es que, la autoestima no depende de cuánto producimos, vendemos o logramos, sino de la relación que mantenemos con nuestro mundo interior, especialmente cuando las cosas no resultan como esperamos.
Con frecuencia, el valor personal termina dependiendo del desempeño del emprendimiento. Si las ventas disminuyen, sienten que valen menos. No solo cuestionan su servicio, cuestionan su capacidad. Cuando ven a otras mujeres creciendo, sin darse cuenta comienzan a compararse y a pensar que quizá, ellas no son suficientes. Pero ningún emprendimiento puede sostener la autoestima de una persona.
También es importante recordar que ninguna mujer debería sentirse obligada a ser fuerte todo el tiempo. Podemos liderar, inspirar y trabajar por nuestros sueños mientras seguimos aprendiendo a reconocer nuestras emociones, aceptar el cansancio y tratarnos con mayor comprensión. Eso no nos hace menos capaz, nos hace humanas.
Quizás la pregunta más importante no sea cuánto ha crecido nuestro negocio, sino cuánto hemos logrado mantenernos conectadas con nosotras durante ese proceso. Antes de ser emprendedoras, profesionales, madres o líderes, seguimos siendo mujeres. Y cuando olvidamos cuidarnos, tarde o temprano todo lo demás comienza a sentirse más pesado.
El éxito no debería exigirnos desaparecer detrás de nuestros logros. Tal vez el verdadero crecimiento consiste en construir proyectos que también nos permitan permanecer presentes en nuestra propia vida.
Porque un emprendimiento puede crecer, cambiar e incluso transformarse con el tiempo. Pero la relación que construimos con nosotras mismas es el proyecto que nos acompañará siempre.
Y esa, probablemente, es la inversión más importante que una mujer emprendedora puede hacer.
Por Carmen Gloria Melimán G.
Psicóloga Integral y Directora de Espacio Equilibrio